Valeria «La Capi» Andrade
Aquí en la Ciudad de México, el lunes amanece con esa luz particular de febrero, una claridad engañosa que se cuela entre la bruma y nos recuerda que el tiempo, ese árbitro insobornable, no se detiene. Mientras sorbo mi café y reviso los monitores con los resúmenes de la jornada europea de ayer, no puedo evitar sentir un escalofrío que nada tiene que ver con la temperatura matutina. Estamos a poco más de cien días de que el balón ruede en el Estadio Azteca para la inauguración del Mundial 2026, y lo que veo en las ligas de élite no es solo fútbol; es una guerra de desgaste, una danza de supervivencia donde las piernas valen millones y los ligamentos parecen de cristal.
El fin de semana nos dejó postales que, leídas superficialmente, hablan de goles y pizarras, pero que bajo la lupa del análisis clínico revelan una fatiga estructural preocupante. Viendo al Manchester City asfixiar la salida del rival bajo la lluvia, o al Real Madrid gestionando los tiempos con una economía de movimientos casi tacaña, uno entiende que la «zona roja» del rendimiento físico ha llegado antes de tiempo. Los mapas de calor de los mediocampistas creativos en la Premier League y La Liga muestran una contracción evidente: ya no abarcan el campo entero con la insolencia de octubre; ahora eligen sus batallas, dosifican los sprints y buscan el pase de seguridad. Es el instinto de conservación operando en su máxima expresión.
Esta gestión de la energía no es capricho, es la antesala táctica de lo que se vivirá en Norteamérica. A diferencia de Qatar, donde los traslados eran un paseo en metro, o Rusia, con su clima templado, el Mundial de 2026 presentará al «enemigo invisible»: la geografía. Jugar a las doce del día en la altura de la Ciudad de México o bajo la humedad sofocante de Miami no permite el «gegenpressing» suicida de los noventa minutos que tanto le gusta a la escuela alemana moderna. Lo que estamos viendo hoy en Europa, esa ligera pausa antes de atacar, es el ensayo general para un torneo que se ganará no corriendo más, sino corriendo mejor.
Me detengo en una jugada específica de ayer: un volante de contención, de esos que suelen morder los tobillos, decidió no estirar la pierna en un balón dividido al minuto 88. La grada lo abucheó por falta de compromiso; yo vi inteligencia emocional. A cuatro meses de la justa mundialista, el subconsciente del futbolista elite ya está en modo «preservación». El miedo a la lesión en este tramo de la temporada es un fantasma que se sienta en el vestidor, al lado de las espinilleras y los botines. La historia nos dice que las grandes figuras que llegan rotas a los mundiales suelen ser aquellas que no supieron negociar con su propio cuerpo en febrero y marzo.
Desde la perspectiva táctica, esto nos obliga a repensar el rol del «10» clásico o del organizador posicional. Si el físico merma, la técnica debe prevalecer. Es fascinante observar cómo los directores técnicos están rotando sus plantillas no solo para dar descanso, sino para ensayar sistemas de bloques más bajos y compactos. Saben que en el verano de 2026, con el sol cayendo a plomo sobre el césped del Gigante de Santa Úrsula, los equipos que se estiren demasiado se romperán por la mitad. El fútbol que viene será menos de ida y vuelta frenético y más de posesión defensiva; tener el balón para descansar, no solo para agredir.
Y aquí es donde entra el factor local. Mientras Europa se congela y se desgasta, en México la expectativa crece como una olla de presión. La Selección Nacional, con sus eternas dudas y sus chispazos de esperanza, tiene ante sí el reto de capitalizar precisamente esa fatiga ajena. Históricamente, los equipos europeos sufren la adaptación al ritmo hemisférico y a la altitud. No es un mito, es fisiología pura. El oxígeno falta y el balón, en la altura, vuela con una ligereza caprichosa, casi burlona, que castiga a los porteros que confían solo en sus reflejos y no en su lectura de la trayectoria.
Sin embargo, no podemos caer en el triunfalismo barato de creer que el clima juega solo. El fútbol moderno, con su Big Data y sus departamentos de biometría, ha reducido el margen de error que antes otorgaba la localía. Los preparadores físicos de Francia, Brasil o Inglaterra ya tienen replicados los modelos de humedad y oxigenación en sus centros de alto rendimiento. Lo que no pueden replicar es el peso de la historia, el ruido ensordecedor de un estadio que late y la presión psicológica de ser el visitante en una fiesta ajena.
La narrativa de estos meses previos será, entonces, una de resistencia. Veremos a las estrellas caminar por la cuerda floja entre la exigencia de sus clubes, que pagan sus salarios astronómicos y exigen títulos de Champions League, y el llamado de la gloria nacional que solo ocurre cada cuatro años. Es un conflicto de intereses brutal donde el jugador es la mercancía y el héroe al mismo tiempo. Nosotros, los cronistas, tenemos la obligación de no solo contar los goles, sino de interpretar estos silencios, estas pausas y estas piernas que, aunque cansadas, guardan la promesa de magia para el verano.
Cierro la laptop y el café se ha enfriado, pero la discusión está más caliente que nunca. El Mundial 2026 no empieza en junio; se está jugando ahora mismo, en cada decisión de no arriesgar un tobillo, en cada rotación de plantilla y en cada informe médico que se oculta a la prensa. El fútbol es un estado de ánimo, decía Valdano, pero rumbo a este Mundial, el fútbol será, ante todo, una cuestión de supervivencia y gestión de recursos humanos. Que sobrevivan los más inteligentes, porque los más rápidos, quizás, se queden sin aire antes de tiempo.
El Dato de La Capi: El análisis de tracking óptico de las últimas tres Copas del Mundo jugadas en condiciones de calor o altitud extrema (México 70, México 86, USA 94) muestra que la velocidad promedio del juego disminuyó un 12% respecto a los mundiales europeos, pero la precisión en pases largos aumentó un 18%. En la altura, el balón viaja más rápido por la menor resistencia del aire, obligando a los equipos a ser tácticamente más precisos para evitar el desgaste de correr tras un balón inalcanzable.

