Por Juan Pablo Ojeda
La captura de Nicolás Maduro en Caracas marcó un antes y un después en la política internacional de Estados Unidos bajo el segundo mandato de Donald Trump. Más que una operación puntual, el golpe contra el expresidente venezolano se convirtió en la señal más clara de una estrategia exterior endurecida, imprevisible y dispuesta a usar la fuerza como principal herramienta para imponer su visión del mundo.
En apenas un año, Trump transformó de manera radical la diplomacia estadounidense. Desde la guerra comercial con aliados históricos hasta un respaldo irregular a Ucrania en su conflicto con Rusia, el republicano dejó claro que Washington ya no jugaría bajo las reglas tradicionales. A esto se sumaron episodios que parecían provocaciones, pero que hoy se leen como advertencias: hablar de la anexión de Groenlandia, sugerir ataques militares contra el narco en México o tensar la relación con India, un socio clave en Asia.
El punto de quiebre llegó en verano, cuando Estados Unidos lanzó un ataque quirúrgico contra el programa nuclear iraní y desplegó una presencia naval inédita en el Caribe. Bajo el argumento del combate al narcotráfico, esa operación incluyó acciones letales en alta mar y una presión directa sobre el gobierno venezolano. Durante meses, las amenazas contra Maduro y también contra el presidente colombiano, Gustavo Petro, fueron en aumento, aunque muchos analistas pensaban que Trump terminaría reculando, como sugería el acrónimo TACO, popularizado en Wall Street para describir su estilo de negociación.
Pero esta vez no hubo marcha atrás. El asalto a Caracas y la detención de Maduro para llevarlo ante la justicia estadounidense por presunto narcoterrorismo rompieron esa lógica. Ese mismo día, Trump afirmó que su país gobernaría Venezuela hasta que se concrete una transición, mientras su gabinete dejó claro que Washington no permitirá que América Latina sea refugio de narcotraficantes, gobiernos hostiles o potencias externas.
Para expertos como Eric Hershberg, profesor de la American University, el mensaje es contundente: Estados Unidos está dispuesto a usar la fuerza bruta para imponer su voluntad, sin sentirse atado por el derecho internacional ni por normas básicas de convivencia entre Estados. Esta visión quedó plasmada semanas antes en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, que retrata a la Unión Europea como un socio problemático y propone revivir la doctrina Monroe, aquella idea de principios del siglo XX que concibe a todo el continente americano como zona exclusiva de influencia estadounidense.
La detención de Maduro y ese nuevo libreto estratégico han encendido alertas en Europa y otras regiones. Analistas comparan el momento actual con el mundo de finales del siglo XIX y principios del XX, dominado por esferas de influencia y ambiciones imperiales de las grandes potencias. En ese contexto, declaraciones de figuras cercanas a Trump, como Steve Miller, quien aseguró que nadie se enfrentará militarmente a Estados Unidos por Groenlandia, refuerzan la idea de una política de hechos consumados.
Para Hershberg, Trump se imagina a sí mismo como una versión moderna de Theodore Roosevelt, ejerciendo poder sin matices. El problema, advierte, es que esa visión no tiene sustento y abre un escenario peligroso. A su juicio, esta estrategia representa una amenaza no solo para América Latina, sino también para Ucrania, Taiwán y el equilibrio global en general.
De cara a 2026, la constante es la incertidumbre. El mundo observa a un presidente que, como escribió Margaret MacMillan en The New York Times, disfruta ejercer su poder tanto en casa como en el exterior, alternando entre proyectos personales en la Casa Blanca y conflictos no declarados en el extranjero. La captura de Maduro no resolvió los problemas de fondo, pero sí obligó al mundo a mirar con más atención un nuevo orden internacional que se construye, cada vez más, desde la imposición y no desde el consenso.

