En el corazón de México, el estado de Morelos aguarda con ansias el 2024. La razón no es otra que la profunda necesidad de renovación en el liderazgo gubernamental, que prometa un cambio de rumbo ante los desafíos en seguridad, desarrollo económico y bienestar social que actualmente enfrenta.

La inseguridad ha marcado a Morelos durante los últimos años, con un notable incremento en actos violentos como secuestros, extorsiones y homicidios. Los ciudadanos, atrapados en este clima de temor, anhelan estrategias efectivas que les permitan recuperar la tranquilidad en sus calles y hogares.

Paralelamente, la sombra de la corrupción y la impunidad se cierne sobre la administración estatal. Casos de malversación de fondos, sobornos y nepotismo han disminuido la confianza pública en las instituciones, generando una desesperanza generalizada.

El estancamiento económico agrava el panorama. A pesar de su inmenso potencial, Morelos ha visto cómo la falta de inversiones y políticas adecuadas ha frenado su desarrollo. Es imperativo para el estado un liderazgo que apueste por la inversión, la innovación y el fortalecimiento de sectores como el turismo.

Y en el epicentro de esta tormenta se encuentra la figura del actual gobernador. Percepciones de desgaste, falta de empatía y distanciamiento con la ciudadanía son aspectos que han marcado su administración.

Ante este escenario, la población morelense tiene clara su prioridad para 2024: la elección de un líder empático, comprometido y con visiones claras para sacar adelante al estado. Un líder que escuche y actúe. Un nuevo comienzo está a la vista y el reloj no se detiene.